informe sobre Alexis de Tocqueville y su obra “La democracia en America

 

Alexis de Tocqueville

 

 

Decir que Alexis de Tocqueville (1805-1859) fue un filósofo o un científico es disminuirlo. Tocqueville fue, ante todo, un “hombre de letras” que observa la realidad social, trabaja con ideas y cultiva la palabra. Nació en el seno de una familia aristocrática que sufrió por la avalancha de la revolución. No fueron pocos los tíos, primos y parientes de Alexis de Tocqueville que murieron en ese tiempo.

Como hombre de letras, el autor de La democracia en América, supo valorar lo único. En todos sus escritos encontramos una fuerte antipatía por los sistemas filosóficos omnicomprensivos. En sus cuadernos se encuentra esta reflexión:

 

Por mi parte, detesto estos sistemas absolutos que representan todos los eventos de la historia como dependientes de grandes causas principales unidas por la cadena de la fatalidad, y que extraen al hombre de la historia de la raza humana. Me parecen estrechas bajo la pretensión de generalidad y falsas bajo el aire de exactitud matemática. Creo (…) que muchos hechos históricos importantes pueden ser solamente explicados por circunstancias accidentales y que muchos otros permanecen totalmente inexplicables. Más aún, la suerte, buscando el conocimiento que la descifre, juega un papel importante en todo lo que sucede en el escenario del mundo; a pesar de que pienso firmemente que la suerte no hace nada que no ha sido preparado de antemano. Los hechos precedentes, la naturaleza de las instituciones, la altura de las mentes y la condición de la moral son los materiales que componen esos accidentes que nos asombran y alarman.[1]

Tocqueville no se encierra dentro de los fierros del determinismo. La historia no es inevitable pero tampoco es producto del capricho individual. La política se columpia entre necesidad y libertad. Expone Tocqueville:

La providencia no ha creado a la humanidad enteramente dependiente o enteramente libre. Es verdad que alrededor de cada hombre se traza un círculo fatal que no puede nunca pasar; pero dentro del amplio margen del círculo es poderoso y libre; y como es con el hombre es con las comunidades.[2]

En la otra gran obra de Tocqueville, El antiguo régimen y la revolución, insiste en este punto: hay fuerzas que no se pueden ignorar pero sí se pueden regular. La metáfora que define esta visión es el barco en el mar. El capitán es incapaz de eliminar la tormenta, pero sí puede leer el signo de los vientos y las mareas para conducir la embarcación a un lugar seguro. Ahí embona la idea que Tocqueville tiene de la democracia. Se trata de una fuerza irresistible. Querer detenerla es absurdo. El libro fue escrito, según él mismo, con una convicción: “el advenimiento irresistible y universal de la Democracia en el mundo.” Ese es el destino de la humanidad. Por lo menos de Francia, la Francia en la que siempre piensa. Anota Tocqueville en la advertencia a la duodécima edición:

No se trata ya, es verdad, de saber si tendremos en Francia la realeza o la república; pero nos queda por saber si tendremos una república agitada o una república tranquila, una república regular o una república irregular, una república pacífica o una república belicosa, una república liberal o una república opresiva, una república que amenace los derechos sagrados de propiedad y de la familia o una república que los reconozca y los consagre.

La democracia en América es, como su nombre lo indica, una reflexión sobre la democracia. Busca construir una “ciencia política nueva para un mundo enteramente nuevo.” Los Estados Unidos son el material en el cual Tocqueville cultiva sus intuiciones. Pero es claro que no se trata de un libro sobre la democraciade América. Tocqueville observaba los Estados Unidos, pero pensaba a cada momento en su país. En una carta escribió que, a pesar de que habló muy poco de Francia en esa obra, no escribió una sola página sin pensar en ella. Apunta, además, que la observación de los Estados Unidos no tiene como propósito copiar servilmente sus instituciones. Se trata de tomar prestados sus principios, no de traducir irreflexivamente sus leyes.

La palabra “democracia” está en el título de la obra y a lo largo de todo el libro. Sin embargo, según han analizado algunos autores, no existe una concepción clara de la democracia en este texto. La conceptualización de Tocqueville es, más bien, confusa. El sentido con el que generalmente emplea el término es social. Una estructura de igualdad, una forma social que se opone a la estructuración aristocrática del mundo. Más que una noción política, una forma de gobierno, la democracia es una categoría sociológica.

Hay un modelo que está tras los escritos de Tocqueville: Montesquieu. El autor de El espíritu de las leyes había analizado las formas del gobierno moderado. Llegaba a la conclusión de que la libertad podía ser asegurada en distintos regímenes políticos: en repúblicas y en monarquías. En un sistema de monarquía constitucional en donde prevalece la desigualdad puede haber un amplio margen de libertades.

La igualdad es, bajo este fondo, un problema, una incógnita. Nada lo sorprendió tanto de su visita a los Estados Unidos como la igualdad de condiciones. La inexistencia de un orden jerárquicamente ordenado: esa es la gran novedad. Los americanos nacieron iguales no se han convertido en iguales. Ello “da al espíritu público cierta dirección, determinado giro a las leyes; a los gobernantes máximas nuevas, y costumbres particulares a los gobernados.” Esta igualdad es el “principio creador” de toda la vida americana: costumbres, lenguaje, leyes e instituciones políticas. La fuerza de la igualdad social es la fuerza –y el peligro– de la democracia. Antes que nada, la democracia es una forma de relación entre los hombres.

Y la democracia que observa en los Estados Unidos tiene un vigor que arrasará el mundo. Es, siguiendo la metáfora marina, una tormenta inevitable. Los hombres deberán vivir con ella, por ello habrán de regularla o ser rebasados por ella. Pero de ninguna manera podrán ignorarla. Por lo tanto, es necesario conocer su fuerza y su dirección para tratar de limar sus puntas filosas.

Por grandes y súbitos que sean los acontecimientos que acaban de tener lugar en un momento ante nuestros ojos, el autor de esta obra tiene el derecho de decir que no le han sorprendido. Este libro fue escrito hace quince años, bajo la preocupación constante y un solo pensamiento: el advenimiento irresistible y universal de la Democracia en el mundo. Quien lo lea encontrará en él, en cada página, una advertencia solemne que recuerde a los hombres que la sociedad cambia de formas, la humanidad de condición y que se acercan grandes destinos.[3]

Ante el “advenimiento irresistible” de la democracia, es necesario hacer una “advertencia.” Ese es el tono que recorre la obra de Tocqueville: un llamado a la cautela, un grito que pide prudencia frente a lo inevitable. En los Estados Unidos Tocqueville encuentra que el principio de la soberanía popular es un principio en acción. No está “como sepultado” como en otras sociedades. “Es reconocido por las costumbres, proclamado por las leyes, se extiende con libertad y alcanza sin obstáculos sus últimas consecuencias.”

La pregunta central que hace Tocqueville, que se veía a sí mismo como un liberal de nuevo tipo, es ¿por qué la democracia de los Estados Unidos es liberal? Su respuesta apunta en tres direcciones: 1) Los accidentes y la situación particular de la sociedad americana; 2) las leyes, y 3) las costumbres.[4]

En cuanto a los elementos accidentales, Tocqueville, al fin y al cabo estudiante de Montesquieu, destaca el dato geográfico. Los Estados Unidos tienen la bendición de carecer de vecinos amenazantes; prácticamente no confronta riesgos militares ni tiene que sangrar su economía por gastos de guerra. Parecería que la naturaleza obra en favor de la democracia.

El segundo punto es el elemento legal. En este terreno Tocqueville resaltó el impacto del carácter federal de la Constitución norteamericana. El régimen federal combinaba afortunadamente las ventajas de los estados pequeños y los estados grandes. Bajo este complejo mecanismo de ingeniería constitucional se combina la fortaleza de un Estado poderoso que se puede defender de las amenazas externas y la vitalidad de los estados pequeños que permiten la adaptación del gobierno a las circunstancias de las localidades. La descentralización norteamericana captura la atención del viajero: “El poder administrativo (…) no ofrece nada central ni nada jerárquico. (…) El poder existe pero no se sabe dónde encontrar a su representante.” Y en otro párrafo advierte que en los Estados Unidos no existe “centro alguno al cual los rayos del poder vengan a convergir.”[5] Ello tiene saludables efectos administrativos, políticos y, sobre todo, morales: “En los Estados Unidos la patria se siente en todas partes.”

También dentro del terreno constitucional, Tocqueville analiza las funciones del poder judicial norteamericano que es, indudablemente, una pesa esencial en la balanza democrática. Resalta la facultad de los jueces para analizar la constitucionalidad de las leyes. “Los norteamericanos han reconocido a los jueces el derecho de fundamentar sus decisiones sobre la Constitución más bien que sobre las leyes. En otros términos, les han permitido no aplicar las leyes que les parezcan anticonstitucionales.” En suma, “los norteamericanos han confiado a sus tribunales un inmenso poder político; pero, al obligarlos a no atacar las leyes sino por medios judiciales, han disminuido mucho los peligros de ese poder.”[6] Párrafos que fueron leídos y releídos por varias generaciones de liberales mexicanos del siglo xix. Mariano Otero, entre ellos.

La Constitución norteamericana igualmente permitía una muy libre circulación de propiedades, personas y capital. Es notable en ese sentido la reflexión que hace el sociólogo francés sobre las normas de sucesiones que rigen en los Estados Unidos.

Quizá uno de los aspectos de la sociedad norteamericana que más llamó la atención del viajero francés fue su exhuberancia asociativa. En los Estados Unidos hay una plena libertad de asociación y una cultura de la organización autónoma que no tiene paralelo en el viejo mundo. En cada lugar, para cada problema, para defender todo interés, para impulsar cualquier proyecto se gestan asociaciones voluntarias. Lo que hace Tocqueville al advertir la importancia y los efectos de esta práctica asociativa es modernizar la tradición republicana, incorporándola al universo de la sociedad comercial. Los Estados Unidos señalan la vía para proyectar provechosamente los intereses privados hacia el mundo político.

Ahí hay una diferencia notable entre el régimen antiguo y la nueva democracia. Mientras que la sociedad aristocrática está regida por categorías sociales duras que no son producto de la voluntad individual sino de la herencia o de una serie de disposiciones jurídicas, en la sociedad liberal las asociaciones nacen, crecen, se multiplican y mueren por la acción voluntaria de los individuos. Se trata, por supuesto, de una forma de potenciar el poder ciudadano. También de un freno al poder despótico del gobierno y una escuela democrática. Esta efervescencia asociativa se vuelve una práctica esencial de la democracia: el régimen que no teme la organización autónoma de sus ciudadanos.

Tocqueville también estudia las costumbres, las maneras de la democracia norteamericana. En la estabilidad de la democracia importan tres causas. Pero no tienen el mismo peso: “diría que las causas físicas contribuyen para eso menos que las leyes y las leyes infinitamente menos que las costumbres.”[7]

Resulta evidente de la lectura de La democracia en América que los sentimientos de Tocqueville frente a la democratización son tan ambiguos como el uso que hace de la palabra. En una carta Tocqueville se veía a sí mismo como un personaje entre dos mundos. Nací, decía en una carta, cuando todavía no moría el mundo viejo, he vivido cuando todavía no marcha el nuevo mundo. Por ello, concluía, no he podido sentirme adherido a ninguno de esos tiempos.  En la igualación de condiciones Tocqueville veía cosas positivas pero intuía también la vulgarización de la vida social, el asomo de nuevas formas despóticas. Su intención básica, se ha dicho, es la liberalización de la democracia mucho más que la democratización del liberalismo.

Las amenazas de la igualdad son reiteradas: “Durante mi permanencia en los Estados Unidos, observé que un estado social democrático tal como el de los norteamericanos, ofrecía una facilidad singular para el establecimiento del despotismo.”[8] La igualdad de condiciones puede conducir a lo que Tocqueville llama “tiranía de la mayoría.” La tiranía de la mayoría es consecuencia de la igualdad pues conduce a la idea de que “hay más luz y cordura en muchos hombres reunidos que en uno solo.” Advierte Tocqueville que no conoce ningún otro país donde exista menos creatividad y donde la libertad sea más superficial que los Estados Unidos. La mayoría tiraniza mediante la imposición de un código de conformismo y homogeneidad. “No conozco país alguno donde haya, en general, menos independencia de espíritu y verdadera libertad de discusión que en Norteamérica.” Es que ahí “la mayoría traza un círculo formidable en torno al pensamiento. Dentro de esos límites el escritor es libre, pero, ¡ay si se atreve a salir de él! No es que tenga que temer un auto de fe, pero está amargado de sinsabores de toda clase de persecusiones todos los días. La carrera política le está cerrada; ofendió al único poder que tiene la facultad de abrírsela.”[9] Por ello no ha habido grandes escritores en los Estados Unidos, según Tocqueville. Esta perspectiva la sintetiza con gran precisión Norberto Bobbio:

Para un liberal como Tocqueville el poder siempre es nefasto, no importa si es real o popular. El problema político por excelencia es el que se refiere no tanto a quién detenta el poder, sino la manera de controlarlo y limitarlo.[10]

Tocqueville habla también del impacto de la igualdad en las relaciones humanas y la aparición de un individualismo consumista. La democracia americana ha erosionado igualmente los lazos tradicionales que vinculaban a los hombres en una comunidad. La noción de patria se deshace, el hombre se concentra en sus intereses egoístas e ignora al prójimo.

En uno de los últimos capítulos de la Democracia en  América, Tocqueville dibuja el perfil del nuevo despotismo que se aproxima.

Quiero imaginar bajo qué rasgos nuevos el despotismo podría darse a conocer en el mundo; veo una multitud innumerable de hombres iguales y semejantes, que giran sin cesar sobre sí mismos para procurare placeres ruines y vulgares con los que llenan su alma.

Retirado cada uno aparte, vive como extraño al destino de todos los demás, y sus hijos y sus amigos particulares forman para él toda la especie humana: se halla al lado de sus conciudadanos, pero no los ve; los toca y no los siente; no existe sino en sí mismo y para él sólo, y si bien le queda una familia, puede decirse que no tiene patria.

Sobre éstos se eleva un poder inmenso y tutelar que se encarga sólo de asegurar sus goces y vigilar su suerte. Absoluto, minucioso, regular, advertido y benigno, se asemeja al poder paterno, si como él tuviese por objeto preparar a los hombres para la edad viril; pero, al contrario, no trata sino de fijarlos irrevocablemente en la infancia y quiere que los ciudadanos gocen, con tal de que no piensen sino en gozar. Trabaja en su felicidad, mas pretende ser el único agente y el único árbitro de ella, provee a su seguridad y a sus necesidades, facilita sus placeres, conduce sus principales negocios, dirige su industria, arregla sus sucesiones, divide sus herencias y se lamenta de no poder evitarles el trabajo de pensar y la pena de vivir.

De este modo, hace cada día menos útil y más raro el uso del libre albedrío, encierra la acción de la libertad en un espacio más estrecho, y quita poco a poco a cada ciudadano hasta el uso de sí mismo. La igualdad prepara a los hombres para todas estas cosas, los dispone a sufrirlas y aun frecuentemente a mirarlas como un beneficio.

Después de haber tomado así alternativamente entre sus poderosas manos a cada individuo y de haberlo formado a su antojo, el soberano extiende sus brazos sobre la sociedad entera y cubre su superficie de un enjambre de leyes complicadas, minuciosas y uniformes, a través de las cuales los espíritus más raros y las almas más vigorosas no pueden abrirse paso y adelantarse a la muchedumbre: no destruye las voluntades, pero las ablanda, las somete y dirige; obliga raras veces a obrar, pero se opone incesantemente a que se obre; no destruye, pero impide crear; no tiraniza, pero oprime; mortifica, embrutece, extingue, debilita y reduce, en fin a cada nación a un rebaño de animales tímidos e industriosos, cuyo pastor es el gobernante.[11]

El valor de la libertad se impone sobre todas las cosas: “Me figuro que yo habría amado la libertad en todos los tiempos, pero en los que nos hallamos me inclino a adorarla.” Pero entiende que la libertad ya no puede apoyarse en los privilegios y en la aristocracia. Es necesario cultivarla en medio de la igualdad. “No se trata de reconstruir una sociedad aristocrática, sino de hacer salir la libertad del seno de la sociedad democrática.”[12] Por este columpio entre la vieja y la nueva sociedad se ha llamado a Tocqueville el “Hamlet de la ciencia política.”


[1] Alexis de Tocqueville, Recollections, p. 64.

[2] La democracia en América, p. ..

[3] Alexis de Tocqueville, La democracia en América, p. 42.

[4]  Seguiré en estos párrafos la lectura de Raymond Aron en la obra citada arriba. Ps 248 y ss.

[5] Democracia en América, p. 88.

[6] Tocqueville, Democracia en América, Capítulo VI de la primera parte.

[7] La misma obra, p. 304

[8] Tocqueville, p. 632.

[9] La misma obra, p. 260.

[10]  Norberto Bobbio, Liberalismo y democracia, México, Fondo de Cultura Económica, p. 64-65.

[11] Misma obra, p. 633

[12] Misma obra, p. 636

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